En Granada, entramos en ellas a diario, sea para comer o para dar clase a los niños por las tardes. Es una sensación extraña, pues desde el primer día nos hemos sentido totalmente a gusto caminando por las comunidades. Aunque también es cierto que en Nicaragua más de la mitad de la población está concentrada en este tipo de asentamientos y en España es un caso bien distinto.
Los niños a los que damos clase no conocen otro tipo de casa. Para ellos es lo más normal del mundo vivir en una caja hecha con cuatro o cinco paneles de uralita y algunos tablones de madera, no tener agua corriente y tener que ir a la casa del vecino a "pupusar" (cagar) porque él tiene un pozo en el patio.
Todos los días van a uno de los varios grifos que hay a lo largo de la calle embarrada, para llenar algunos cubos de agua y así tener para el aseo, la cocina y para beber. Claro que aquí el agua se corta cuando se va la luz, y la luz se corta cuando hay tormenta. Y eso aquí pasa cada dos días por lo menos.
Su cocina suele ser una pila de piedras o un barril de aceite en la que queman algunos maderos. Como normalmente esta cocina está dentro de la casa, la humareda que se forma es bastante importante y se hace difícil aguantar mucho rato dentro. Sobre el fuego ponen el puchero en el que hierven arroz o cuecen frijoles, para comer una o dos veces al día. Y eso si hay agua, porque si no, no hay con qué hervir y comen galletas o pan. En la mayoría de las casas, la madre trabaja vendiendo en el mercado o en la calle y el padre está tirado en el la cama descansando de no hacer nada (si es que en la casa hay un padre). Por tanto, suelen ser los propios niños los que se preparan la comida.
Como cama, cuentan con dos o tres colchones, dependiendo del tamaño de la casa y de la familia, y ahí duermen todos juntos. De ahí que si uno de los niños está enfermo, todos los hermanos falten a la escuela, porque es probable que se hayan contagiado durante la noche. Esto pasa prácticamente a diario durante esta época, pues las lluvias son torrenciales y el agua se cuela sin dificultad por las rendijas de los paneles del techo.
No conocen la papelera, para ellos es directamente el montón de porquería que hay detrás de cada casa, que periódicamente se quema para que haya sitio para más. Todos los días se huele en alguna casa el humo de plástico y papel quemado.
Sin embargo, para ellos la vida es así. No han visto nada mejor y por tanto son felices y no dejan de sonreír. Cada día se ponen su camisa más blanca y su pantalón más limpio para ir a la escuela, y nos reciben orgullosos cuando vamos a su casa por las tardes. "¿Profe, le gusta cómo quedó mi casa? La pintó mi papá hace una semana".
| El patio comunitario |
| La calle principal de San Ignacio |
| Frente a su casa - tienda |
Abrazos chavales!!!
ResponderEliminarSeguid contando y disfrutando!
Davos tengo alguna que otra noticia frejjjjkitaaa...
LOF AN PIS
AUPA
Venga hombre!!!! seguid contando que echamos de menos vuestros relatos!!!!!
ResponderEliminarun abrazo
Chema